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viernes, 9 de mayo de 2025

DIBUJOS QUE EL TIEMPO NO BORRA -Una antología en cuatro trazos. I. Elías, el hombre que se borraba.


© Berta Martín de la Parte. Imagen creada con IA


Introducción

¿Y si no fuéramos más que dibujos tridimensionales? ¿Y si la vida, con su paso invisible, fuera una gran mano que nos va borrando lentamente los colores, las texturas y las líneas?
Este cuaderno DIBUJOS QUE EL TIEMPO NO BORRA, reúne cuatro relatos que exploran esa idea desde distintos rincones del alma. No son cuentos en el sentido clásico. Son reflejos. Son retratos del tiempo, del amor, de la pérdida, y de la transformación.

 

I. Elías, el hombre que se borraba:

Durante años, Elías creyó ser un hombre completo. Sentía que caminaba con peso, con presencia, como si su sola sombra pudiera afirmar su lugar en el mundo. Lo habían dibujado bien: con líneas firmes en la espalda, trazos profundos en la mirada, y un corazón lleno de color. O eso pensaba.

Vivía entre personas que, como él, parecían salir de un cuaderno de artista. Había mujeres con curvas de pincel, niños con risas en acuarela, y ancianos con texturas rugosas como papel cansado, pero aún íntegro. Todos tenían color. Todos tenían forma.

Pero una mañana, mientras se afeitaba, Elías notó algo extraño en el espejo. No era la arruga junto al ojo, ni el cabello que se iba volviendo ceniza. Era otra cosa. Un leve desvanecimiento en el contorno de su mandíbula. Una suavidad extraña, como si alguien hubiera pasado una goma de borrar por su perfil. Se frotó la cara, creyendo que era vapor, pero no. La línea ya no estaba.

En los días siguientes, comenzó a perder colores. Primero fue el azul profundo de sus ojos. Luego el ocre de sus manos curtidas por el trabajo. Después, el rojo que sentía en el pecho cuando miraba a Clara, la mujer con quien había compartido su vida. Se miraba en los reflejos —en los charcos, en los cristales— y cada vez se parecía más a una sombra mal trazada.

“Te estás apagando”, le dijo un niño una tarde, al cruzarse con él en la plaza. Elías sonrió, pero el niño no devolvió el gesto. Lo miró como se mira un dibujo que alguien dejó a medio hacer.

Lo peor no era perder los colores. Era lo que venía con eso: los recuerdos. Las voces del pasado comenzaban a sonar lejanas, como si se hundieran en el fondo de un mar gris. Los nombres importantes se le escurrían entre los dedos. Su propia voz ya no tenía peso. Cuando hablaba, sentía que su aliento no movía el aire.

Clara, sin embargo, no parecía preocuparse. Lo miraba como si aún estuviera completo. Como si su piel no se estuviera volviendo translúcida, como si su risa aún tuviera volumen.

“¿No ves que me estoy borrando?” le preguntó una noche, con un susurro quebrado.

Ella se acercó y le acarició el rostro. “No te estás borrando, amor. Estás cambiando. Estás dejando espacio para otras formas.”

Elías no entendía. ¿Cómo podía alguien vivir sin líneas, sin color, sin densidad?

Pero una mañana de otoño, Clara no despertó.

Fue entonces cuando Elías comprendió.

La vio en su lecho, serena, y la sintió más real que nunca. Clara, que había comenzado a perder sus propios colores semanas antes, ahora era apenas una silueta tenue, pero contenía toda la belleza de una vida entera. No había en ella trazo firme ni tonos vivos. Había, en cambio, una claridad profunda, como si hubiese llegado al último plano de su forma: el del alma.

Elías salió de la casa y caminó por la ciudad. Cada rostro que pasaba parecía perder y ganar color al mismo tiempo. Vio a una joven llorar en una esquina y supo que ese azul brillante en sus lágrimas era temporal. Vio a un viejo contar historias en una plaza, y notó que de su boca salían hilos dorados que apenas tocaban el aire. Vio su reflejo en una vidriera, y por primera vez, no se sintió menos por no tener forma definida.

Ya no era el dibujo que fue. Pero tampoco era vacío. Era otra cosa: un trazo en movimiento, un contorno flexible, un recuerdo que se sigue dibujando.

Y pensó que, quizás, lo más valioso no es conservar la forma, sino haberla tenido alguna vez. No es el color lo que importa, sino el haber tocado a otros con él. No es el dibujo lo que sobrevive, sino el gesto que lo inició.

Desde ese día, Elías caminó sin miedo. Sabía que seguiría perdiendo pigmentos. Sabía que se volvería cada vez más transparente, más leve, más viento. Pero también sabía que, en alguna parte, alguien lo recordaría con los colores exactos. Y eso bastaba.

Porque nadie se borra del todo, mientras haya quien recuerde cómo se dibujó su alma.

Fin,

Continuará con el siguiente capítulo titulado " Clara, en el papel del viento"-


© Berta Martín de la Parte.

Saludos cordiales para todos.

Seamos felices.💑



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