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Ella,
estaba predestinada,
al nacer,
para ser feliz.
Pero los halos de luz del destino,
la encarcelaron,
entre arbustos espinosos ,
atados por eslabones encadenados
de palabras mentirosas,
por los que resbalaban
sus lágrimas de rubies.
Ella,
se dejó morir,
abrazada a su tela de araña,
y por fin fue feliz.
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Derechos de autor reservados: Berta Martín de la Parte ©

