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| Imagen creada con IA. @ Berta Martín de la Parte. |
El futuro siempre llega demasiado tarde
El astro sol se había despertado con lentitud sobre la ciudad, derramando un hilo de luz tibia sobre los tejados. La noche, a modo de puente vinculante entre el 5 y el 6 de enero, había dejado a la ciudad como suspendida entre lo que fue y lo que prometía ser.
Era el Día de los Reyes Magos del año 2026, y las calles aún olían a carbón y canela, a sueños olvidados entre medias y zapatos alineados junto a las chimeneas. Nadie se apresuraba demasiado; el tiempo parecía haberse cansado de sus propios ritmos.
Hacía frío. El invierno cubría el asfalto, los tejados y los parques. En el aire flotaban partículas microscópicas, con una geometría perfecta que solo la naturaleza es capaz de crear. A través de las escasas ventanas abiertas, los pocos transeúntes que pululaban por las calles podían oler el aroma del café recién molido y escuchar las risas de los niños celebrando los regalos que los Reyes Magos les habían traído en la noche más mágica del año.
Marina, una mujer cuyo cabello el invierno había plateado sin pedir permiso —del mismo modo en que la muerte prematura de su marido, seis meses atrás, se había instalado en su vida— caminaba por la avenida principal con un sobre arrugado en la mano.
Aquella ausencia había llegado sin previo aviso, apagándolo todo, robándole la ilusión, dejándola avanzar como podía, aprendiendo a vivir en un mundo que ya no era el mismo.
El sobre guardaba una carta dirigida a su yo del mañana, a ese instante que siempre llega demasiado tarde. La había escrito semanas antes, con la esperanza de que alguna versión futura de sí misma pudiera leerla y entender que los deseos no se cumplen a tiempo, que solo se cumplen cuando una aprende a aceptar su demora.
Marina no estaba sola en ese paseo tan exento de compañías multitudinarias. A su lado, su hijo Leo se entretenía mirando los escaparates con ojos tan grandes que parecían tragarse la ciudad entera. Para Leo era su sexto día de Reyes y continuaba creyendo que el mundo estaba hecho de regalos envueltos en papeles brillantes y promesas susurradas por la magia de sus ojos. Todavía no sabía que la espera era un regalo mucho más complejo que cualquier juguete de plástico o muñeco de trapo.
Leo caminaba a su lado arrastrando el tren de madera que le había regalado su abuela, dejándolo rodar sobre las baldosas como si aún no quisiera soltar la noche.
—La abuela dijo que era para ir despacio —comentó sin mirarla.
Marina redujo el paso y le apretó la mano, aceptando ese ritmo como quien acepta una forma nueva de avanzar.
Marina, Leo y el tren avanzaban despacio, deteniéndose a ratos, como si necesitaran aprender el camino. Leo hacía rodar el tren con cuidado, atento a cada baldosa, a cada pequeña irregularidad del suelo.
Marina levantó la vista y se detuvo. Frente a ellos, una librería se abría como un paréntesis en la mañana, con los cristales empañados y los libros esperando detrás del escaparate, los cuales reflejaban no solo la calle, sino también los posibles futuros de quienes pasaban.
Se detuvo sin saber muy bien por qué. Quizá fue el ritmo del tren. Quizá la quietud del lugar. Quizá la sensación de que allí el tiempo también sabía demorarse.
—El futuro siempre llega demasiado tarde —murmuró Marina, la frase tatuada en su memoria desde los días en que todo podía apresurarse. En el escaparate, un libro de poemas parecía inclinarse hacia ella, como si la ciudad misma le susurrara que debía entrar.
Al llegar, vio que la puerta de entrada estaba abierta y que colgaba un letrero que decía «Abierto». Sin dudarlo, empujó la puerta, y el tintineo de la campanilla colgada en el umbral fue un pequeño rayo de tiempo detenido. Dentro, el aire olía a papel húmedo y a tinta de hace siglos. Entre estantes que parecían tocar el techo, Marina encontró a un hombre de barba descuidada y ojos que contenían un océano de años. Era el librero, aunque más que un vendedor parecía un custodio de secretos.
—Buenos días —dijo Marina con voz temblorosa—. Busco algo que me enseñe a esperar.
El hombre sonrió con una tristeza antigua.
—¿Esperar? —preguntó, acariciando el lomo de un libro como si sintiera cada historia antes de abrirla—. El futuro siempre llega demasiado tarde. Esa es la primera lección. La segunda es aprender a vivir mientras llega.
Marina asintió, como si ya lo supiera, y decidió sentarse en un rincón donde la luz jugaba a filtrarse entre estantes. Abrió su carta y la leyó en voz baja:
"Si me lees, querida yo, sabrás que los sueños llegan tarde, que los amores llegan tarde, que incluso la verdad llega tarde, y aun así debemos esperar, porque cada retraso tiene su propio sentido, incluso si nunca lo entendemos del todo."
En ese momento, Leo, que se había quedado embobado mirando aquel mundo lleno de libros, arrastró su tren de juguete por los pasillos entre las estanterías.
Marina sonrió al contemplar la reacción de su hijo, pero su sonrisa era de nostalgia, no de satisfacción. El regalo era hermoso, un tren de madera que parecía moverse con la fuerza de los sueños, pero la verdad que había aprendido era otra: el futuro, incluso envuelto en papel brillante, siempre se queda un instante detrás, siempre llega cuando ya hemos cambiado la forma de esperarlo.
Después de salir de la librería, en la que Leo, tras insistir mucho, había conseguido que su madre le regalara un libro de cuentos, Marina decidió continuar caminando por la ciudad. Las luces de celebración de los Reyes Magos colgaban de los balcones como luciérnagas atrapadas, y en cada ventana había reflejos de esperanzas tardías.
Marina y Leo llegaron a la Plaza Mayor, donde el frío se había instalado. La fuente estaba cubierta de hielo, y los reflejos de la ciudad en el agua eran espejos que mostraban futuros que aún no existían. Como le gustaría que su hijo alguna vez descubriera que el agua fluye como los sueños: clara, libre y eterna.
Al pasar junto a un anciano sentado en un banco, que llevaba un sombrero de ala ancha y sujetaba un bastón que parecía tener raíces:
—¿Buscas algo? —preguntó con voz suave.
Marina se sobresaltó:
—Busco el momento —respondió—. El instante en que todo lo que deseo llegue.
—Ese instante ya pasó —dijo el anciano—. El futuro siempre llega demasiado tarde. Pero mira a tu alrededor: cada risa, cada abrazo, cada regalo tardío también es un instante. No es el que pediste, pero es el que tienes. Aprende a verlo.
Marina comprendió entonces que la espera no era un castigo, sino un tejido donde cada hilo tardío formaba parte de un tapiz más grande. Leo, ausente del momento entre el anciano y su madre, levantó su tren de madera y comenzó a imaginar viajes que jamás llegarían a tiempo, pero que eran hermosos porque los estaba creando él mismo, en su presente.
De regreso a casa, Marina se detuvo frente a un espejo. Vio su propio reflejo y el de su carta, y entendió que el tiempo no era un enemigo sino un aliado que enseñaba paciencia. El futuro seguía llegando demasiado tarde, pero eso ya no le importaba. Cada instante presente era suficiente, aunque llegara tarde para los deseos antiguos.
Mientras Leo dormía junto a su tren, tranquilo, ajeno a los pensamientos de su madre, Marina dejó la carta sobre la mesa. Mañana podría leerla otra vez, y quizás otra versión de ella misma también. La ciudad, tranquila bajo los últimos resplandores de las luces del día de los Reyes Magos, parecía respirar un ritmo pausado, un compás donde el tiempo llegaba tarde, sí, pero siempre llegaba.
Cuando los Reyes Magos se alejaron de la ciudad, dejaron tras de sí una estela invisible, un rastro de luz que atravesaba calles, tejados y recuerdos. No habían traído promesas exactas ni tiempos puntuales, pero sí algo más profundo: un rastro de asombro y paciencia, de deseos que habían llegado tarde y, aun así, habían dejado su marca en las vidas de quienes supieron esperar.
El futuro siempre llega demasiado tarde. No siempre aparece cuando lo esperamos, y aun así, a veces basta con mirar la estela que queda para sentir que algo bueno pasó.


El futuro no llega nunca. Y lo que llega no lo reconocemos porque no es como lo habíamos imaginado. Lo que siempre llega eslo de su marido, y tampoco cuando lo habíamos imaginado. Esta siempre llega demasiado pronto
ResponderEliminarAbrazooo y Feliz año, Berta
Un texto que nos convence más que cada momento bes único e irrepetible.
ResponderEliminarAprovechemos cada instante por insignificante que creamos que sea, este no vuelve jamás.
Un beso en el tiempo.
El futuro es un arma cargada de presente ;))) ¡Vamos a ponerle poesía! Precioso relato, amiga, esponjoso como un bizcocho dulce, lleno de melancolía. Besos Berta 🎊
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