lunes, 31 de marzo de 2025

" Ausencias y compañías "

 



Imagen: © Berta Martín de la Parte


Han pasado dos semanas desde que su esposo partió al extranjero para un viaje de negocios.

Ella acaba de regresar de una escapada a Estambul, un sueño largamente acariciado: perderse en sus calles, dejar que la piel se impregne con el aroma embriagador de las especias que invaden la ciudad, que se adhieren a cada rincón, a cada hendidura de las piedras antiguas.

Ahora, de vuelta en casa, aún le envuelve el eco de esos perfumes orientales. Está sola. A veces, inmensamente feliz. El silencio y el espacio le pertenecen por completo.

A veces, simplemente, no tiene  ganas de hacer nada. Cocina  para varios días, evitando la rutina diaria de cocinar. Lee, plancha, friega el suelo, limpia los cristales de las ventanas, que falta les hacia. Luego se  detiene ante la ventana del  salón. Al otro lado, una guardería. Observa cómo, a determinadas horas, madres y padres llegan a recoger a sus hijos, escucha sus voces y casi imita sus  movimientos que con el paso de los días han conformado  un ritual predecible.

Se gira y regresa al interior, al espacio real,  del piso, es como si se hubiera marchado y de repente decidiera regresar. .  Es su retaguardia y refugio, construido con paciencia y soledad, con idas y vueltas, con certezas que se desmoronan y negaciones que se imponen. Con ausencias y compañías. Con preguntas sin respuesta o, peor aún, con respuestas disfrazadas de verdades inventadas.

                    Hace un par de días se despertó antes de tiempo, cuando el reloj aún dibujaba las seis en su esfera silenciosa. Su cuerpo, ligero y descansado, se deshizo de la sábana con naturalidad y, sin pensarlo demasiado, se dejó guiar por el aroma imaginado del café. Qué dulces son esas rutinas que acarician el paladar y envuelven los sentidos en un abrazo tibio.

El sol de la madrugada se deslizaba travieso por el ventanal de la cocina, derramando su luz dorada sobre la mesa. Afuera, las buganvillas la saludaban con su estallido de lilas y morados, mientras los geranios recién florecidos danzaban al compás de la brisa matinal, celebrando el renacer de una nueva primavera.

Tal vez fue el polen suspendido en el aire, las melodías susurradas por el viento o, quién sabe, quizá la culpable fue la cafeína recorriendo su sangre. Lo cierto es que, sin el menor atisbo de arrepentimiento, sintió el deseo ardiendo bajo su piel. Un anhelo íntimo, solitario, suyo y de nadie más.

Quizás todo comenzó al ver aquel video en su móvil: una mujer de edad avanzada, con la seguridad de quien ya no teme al deseo, aferrada al micrófono del entrevistador, proclamando con una sonrisa traviesa: "¡Qué maravilla cuando una se hace mayor y descubre que es multiorgásmica!"

Se quedó mirando la pantalla un instante más, mientras una sonrisa imperceptible curvaba sus labios.


Se dirigió hacia el cuarto de baño. Todavía no le había desaparecido  ese rictus facial de recién levantada . Las ojeras, que cada día eran más visibles, le  saludaron al observarse en el espejo. Se liberó del pijama, ese que compró  en uno de sus viajes, y que es de un tejido suave y agradable, y por cierto, que cuesta mucho quitarse, porque como dice su  amiga Lidya, con el pijama y la bata es como mejor se está en casa. 


Su cerebro, siempre adelantado, planeaba, imaginaba, deseaba, sentía, vibraba, se estremecía… Y sí, había encontrado por fin ese prodigio de la tecnología moderna: el vibrador de última generación. Un invento pensado, al fin, para ellas, sin distinción de edad ni color de piel, un regalo de la ciencia al placer femenino.

Allí estaba, oculto entre la ropa íntima, en su santuario privado. ¿Dónde mejor para resguardarlo? Un lugar tan secreto y reservado como la propia vagina, esa cavidad estratégicamente diseñada desde los tiempos de la Creación. Un refugio de placer y misterio, donde el órgano masculino, en su exploración ansiosa, se adentra como un peregrino en busca de su destino. Pero no, esta concha no es de las que marcan el camino a Santiago. Es la cuna del goce y del origen de la vida, la puerta por la que los espermatozoides inician su viaje ascendente, cruzando el umbral del útero en su afán de encontrarse con el óvulo.

Entre ciencia y deseo, entre carcajada y reflexión, la conclusión era clara: el placer no debía ser un privilegio ni un tabú, sino un derecho bien merecido

¿Pero desde cuándo, en su caso, toda esa sapiencia se había traducido en realidad? Digamos que desde tiempos inmemoriales... Relación sexual—pronunciarlo en voz alta era casi como escuchar un idioma extranjero, uno que su entendimiento había dejado de hablar, al menos en su propia piel.

Por supuesto, ella no tenía  el menor interés en que un espermatozoide iniciase su travesía por esos conductos ancestrales. No estaba ya para limpiar mocos ni para acunar llantos infantiles a deshoras. Pero, vamos, una alegría de vez en cuando tampoco le hace daño a nadie.

Rodeada de las paredes azulejadas en un rosa que parecía burlarse de su momentánea indecisión, y con la persiana del baño estratégicamente bajada, tomó el vibrador con la firmeza de una mujer de la mala vida, aunque sin la necesidad de redimirse por ello. Ni falta que hacía leer las instrucciones—de todos modos, habrían sido inútiles. Todo estaba explicado en diez idiomas distintos, ninguno de ellos el suyo. El único lenguaje que entendía a la perfección era aquel que había comenzado a aprender en el vientre de su santa madre.

Lo había pedido por internet, porque, vamos a ver, no todo en la red tiene que ser perversión y decadencia, ¿no? Tardó casi dos semanas en llegar, tanto que hasta se había olvidado del asunto.

Y entonces, el día del envío, su marido regresa del trabajo con un paquete entre las manos. Un paquete coquetón, envuelto en papel decorado con corazones, flechas de amor, flores multicolores y, coronando la obra, un lazo de raso rojo pasión. Rojo pasión. Ahí debió sospechar.

Pero no, ella, en su infinita ingenuidad, vio el paquete y su mente se fue directa al romanticismo. "¡Oh, qué detalle! ¡Me ha comprado un regalo!" Ya estaba lista para lanzarse sobre él y cubrirlo de besos de pitiminí, cuando su voz, con la fría precisión de un verdugo, la sacó de su fantasía:

—¿Y esto qué es? Está a tu nombre… y el remitente pone "Made in China".

¡Madre del amor hermoso! ¡El vibrador! En ese instante, el suelo bien podría haber abierto una grieta para tragarla entera.

No es que no tenga confianza con su doble naranja (que lo de "media" siempre le ha parecido poco generoso). Podían hablar de todo, sin tapujos ni falsos pudores. Pero este pedido, este chisme en particular, que prometía orgasmos multifuncionales con solo pulsar un botón, era algo que quería probar en secreto. Primero la experimentación privada, después—según resultados—una posible confesión.

Porque, como bien dicen, las comparaciones no siempre son odiosas… pero algunas mejor hacerlas en silencio y como si aquí no hubiera pasado nada.

No sé muy bien qué le replicó. En realidad ya no lo recuerda y, francamente, ya poco importa. Seguramente inventó un argumento con la misma solidez que un castillo de naipes, pero lo cierto es que, en un arrebato de valentía, le arrebató el paquete de las manos al marido y salió disparada como un relámpago.

Atravesó el largo pasillo embaldosado, donde los colores de las baldosas parecían una versión vintage y doméstica del cubo de Rubik. Todo un desafío visual y, en ese momento, una pista de carrera hacia la salvación. Por supuesto, escondió el paquete en un lugar secreto, ese refugio que toda mujer tiene y del que nunca habla.

Pero bueno, que me enrollo .Continuó relatando los hechos:

Aquel día, el de los hechos, sujetando el vibrador con la solemnidad de quien sostiene un cáliz sagrado, inició un movimiento sensual—o al menos, así se lo imaginó—y… ¡boom! De repente, fuegos artificiales. Las neuronas desatando su alquimia secreta, la química del placer haciendo de las suyas, y ella, completamente rendida al despiporre.

Y entonces, sin pensarlo, comenzó a tararear la canción de aquella diva de antaño:

"Fumando espero al hombre que yo quiero, tras los cristales de alegres ventanales, y mientras fumo…"

Y sí, mis queridos lectores, funcionó.

 Y en replica a la señora aquella- la sabia, la iluminada, la gurú del placer maduro—que aseguraba con absoluta convicción que cuando una se va haciendo mayor, descubre que es multiorgásmica; la protagonista de este relato, se fue a grabar un video de Tik Tok;

 ¿Para qué? Sencillamente, para suscribir cada palabra.

FIN

© BERTA MARTÍN DE LA PARTE

Saludos para tod@s.

4 comentarios:

  1. Sensacional, te felicito y por supuesto esa mujer madura y multiorgasmica, todo un descubrimiento que no sabía que tenía y ahora bien disfrutado.
    🙋😘😘😘Feliz noche

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    1. Hola Camporela, ya ves, escribiendo tontunas. Con este relato reinicio mi andadura en este blog. No me he puesto objetivos. Simplemente el de retomar una costumbre, que siempre me ha proporcionado alegrías. Un abrazo. ☺️🤗😘

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  2. Podríamos seguir y pedirte el enlace del video jejeje. Comentaríamos felicitandola por la decisión. Abrazos y sonrisas (picaronas)

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    1. Ja, ja,ja, Me alegra que hayas leído mi tontuna. Abrazos y sonrisas picaronas también para ti,

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