viernes, 20 de marzo de 2026

El día de la Suerte

 


Imagen creada con IA.
Ⓒ Berta Martín de la Parte


El día de la Suerte


El calendario marcaba el año 2026, pero había días que parecían suspendidos fuera del tiempo. Aquel era uno de ellos. El Día de la Suerte, decían algunos con media sonrisa, como si no estuvieran seguros de creerlo del todo. Otros lo celebraban con supersticiones recicladas, rituales improvisados y una esperanza discreta que apenas se atrevía a nombrarse.

Mateo acababa de cumplir dieciocho años y caminaba con la sensación constante de estar llegando tarde a su propia vida. Miraba escaparates sin verlos, escuchaba conversaciones sin retenerlas, y cargaba en los hombros una lista invisible de todo lo que le faltaba: dinero, certezas, amor, propósito. Sentía que la vida era una puerta entreabierta, pero que alguien había olvidado darle la llave.

Aquella mañana, mientras el sol se deslizaba con timidez entre los edificios de vidrio, Mateo decidió desviarse de su ruta habitual. No fue una decisión grandiosa; más bien un pequeño error, una distracción, o tal vez —como más tarde pensaría— un gesto mínimo de suerte.

El parque estaba casi vacío. Los árboles comenzaban a vestirse de primavera, y el aire tenía ese olor indefinible que mezcla tierra húmeda con promesas. Mateo se sentó en un banco, dejó caer la mochila a sus pies y suspiró con la pesadez de quien ya está cansado sin haber empezado.

—Suspirar no cambia nada —dijo una voz a su lado.

Mateo giró la cabeza. No la había visto llegar. La mujer tenía el cabello plateado recogido en un moño descuidado, unas gafas de montura fina y una expresión que combinaba curiosidad y paciencia. Vestía con una elegancia sin esfuerzo, como si hubiera aprendido a ignorar las modas sin renunciar al estilo.

—Perdón —respondió Mateo—. No sabía que molestaba.

—No molesta —dijo ella—. Pero tampoco ayuda.

Hubo un breve silencio. Mateo pensó en levantarse, pero algo en la presencia de la mujer lo retenía. No era autoridad, ni simpatía inmediata. Era otra cosa. Una especie de quietud firme.

—Hoy es el Día de la Suerte —continuó ella—. ¿Lo sabías?

—Sí —dijo Mateo, encogiéndose de hombros—. Pero no creo en esas cosas.

La mujer sonrió levemente.

—No hace falta creer. La suerte no es una religión.

—Entonces, ¿qué es?

Ella tardó en responder, como si saboreara la pregunta.

—Una forma de mirar —dijo finalmente—. O de no mirar.

Mateo frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que no —replicó ella—. Las cosas importantes rara vez lo tienen al principio.

Mateo la observó con más atención. Había algo en su manera de hablar que le resultaba incómodo y, al mismo tiempo, extrañamente atractivo.

—¿Y usted? —preguntó—. ¿Tiene suerte?

La mujer soltó una pequeña risa.

—Tengo setenta y cinco años —dijo—. He tenido días en los que lo he perdido todo, y otros en los que lo he tenido todo sin darme cuenta. Si eso es suerte, entonces sí.

Mateo bajó la mirada hacia sus manos.

—Yo siento que siempre me falta algo —admitió—. Como si todos los demás supieran algo que yo no.

La mujer asintió, como si aquella confesión fuera un idioma que conocía bien.

—Mientras estés pendiente de lo que no hay, de lo que falta —dijo con suavidad—, lo más bello de la vida te será invisible.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, densas, como si el aire se hubiera vuelto más espeso.

Mateo no respondió de inmediato. Había escuchado frases parecidas antes, en libros, en redes, en discursos motivacionales que olvidaba al instante. Pero esta vez era diferente. Tal vez por el tono, o por el momento, o por la forma en que la mujer no parecía interesada en convencerlo.

—Es fácil decirlo —murmuró—. Pero cuando no tienes nada…

—¿Nada? —interrumpió ella, alzando una ceja—. Define “nada”.

Mateo dudó.

—No sé… dinero, un plan claro, alguien que me quiera de verdad…

—Ah —dijo ella—. Confundes “no tener todo” con “no tener nada”.

El viento movió las hojas de los árboles, y por un instante el parque pareció susurrar algo que Mateo no alcanzaba a entender.

—Mira a tu alrededor —continuó la mujer—. Pero mira de verdad.

Mateo obedeció, más por inercia que por convicción. Vio a un niño corriendo tras una pelota, a una pareja mayor caminando despacio, a un perro que olfateaba el suelo con devoción. Vio la luz filtrándose entre las ramas, dibujando formas cambiantes sobre el césped.

—No veo nada especial —dijo.

—Exacto —respondió ella—. Porque estás buscando algo extraordinario. Y lo extraordinario, casi siempre, llega disfrazado de cotidiano.

Mateo guardó silencio. Algo en su interior comenzaba a desplazarse, como una pieza que encaja sin hacer ruido.

—Cuando tenía tu edad —dijo la mujer—, creía que la vida empezaría “de verdad” más adelante. Que todo lo importante estaba por venir. Y mientras tanto, dejé pasar cosas… pequeñas, sí, pero irrepetibles.

—¿Cómo qué?

Ella sonrió, pero había una sombra de melancolía en sus ojos.

—Conversaciones que no escuché del todo. Caminos que no recorrí por prisa. Personas que no supe ver.

Mateo sintió un leve nudo en el pecho.

—¿Y ahora?

—Ahora —dijo ella— intento no repetir el mismo error. Aunque a veces todavía lo hago.

Se levantó del banco con una lentitud deliberada, como si cada movimiento fuera una decisión consciente.

—La suerte no es lo que te pasa —añadió—. Es lo que eres capaz de percibir cuando te pasa.

Mateo la miró, sintiendo que algo importante estaba a punto de terminar.

—¿Cómo se aprende eso?

La mujer lo observó con una mezcla de ternura y lucidez.

—Dejando de buscar lo que falta —dijo— y empezando a nombrar lo que hay.

Se ajustó las gafas, recogió un libro que Mateo no había notado antes, y comenzó a alejarse por el sendero.

—Espere —dijo él, levantándose—. ¿Cómo se llama?

Ella se detuvo un segundo, sin girarse del todo.

—Hoy —respondió— puedes llamarme suerte.

Y siguió caminando hasta desaparecer entre los árboles.

Mateo permaneció de pie, inmóvil, como si el mundo hubiera cambiado ligeramente de eje. No había nada espectacular en el parque, nada que pudiera fotografiar o compartir. Y sin embargo, algo era distinto.

Se agachó, recogió su mochila y volvió a sentarse. Respiró hondo. Por primera vez en mucho tiempo, no pensó en lo que le faltaba. Pensó en el aire que llenaba sus pulmones, en la luz tibia sobre su piel, en la extraña conversación que acababa de tener.

Pensó en todo lo que estaba ahí, esperando ser visto.

Y entonces, casi sin darse cuenta, sonrió.

No era una sonrisa eufórica ni definitiva. Era pequeña, frágil, pero real.

Como la suerte.

" Mientras nombro la ausencia, la luz se me escapa,
y el mundo florece justo donde no miro.
Hay un latido invisible sosteniendo lo que ya es,
una suerte discreta respirando en lo cotidiano,
y basta abrir los ojos para que exista "

Ⓒ Berta Martín de la Parte.

Saludos para tod@s y continuemos siendo felices.

2 comentarios:

  1. Buenos días, hoy ha sido una suerte leerte, creo que tu relato tiene el secreto de esa suerte.
    La vida es ya suerte y abrir los ojos cada mañana lo es aún más, el resto lo tenemos que hacer nosotros mismos.
    Me gustó mucho ese diálogo personal entre distintas generaciones, una despertando a la vida y la otra con es sabiduría que dan los años vividos
    Un besote grande 😘 🌹 y un bello comienzo de estación .

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  2. Buenos días madrugadora. Yo tengo también la suerte, de estar todavía viva. De poder disfrutar de lo que me rodea, que en estos tiempos, en muchos otros lugares de este planeta Tierra, no lo tienen tan fácil. Gracias por dedicarme un ratito de tu tiempo, y sí: Y Feliz Primavera 2026.... Un beso enorme también para tí. 😘❤️💐

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