martes, 6 de enero de 2026

El futuro siempre llega demasiado tarde.

 

Imagen creada con IA.
@ Berta Martín de la Parte.

El futuro siempre llega demasiado tarde

El astro sol se había despertado con lentitud sobre la ciudad, derramando un hilo de luz tibia sobre los tejados. La noche, a modo de puente vinculante entre el 5 y el 6 de enero, había dejado a la ciudad como suspendida entre lo que fue y lo que prometía ser.

Era el Día de los Reyes Magos del año 2026, y las calles aún olían a carbón y canela, a sueños olvidados entre medias y zapatos alineados junto a las chimeneas. Nadie se apresuraba demasiado; el tiempo parecía haberse cansado de sus propios ritmos.

Hacía frío. El invierno cubría el asfalto, los tejados y los parques. En el aire flotaban partículas microscópicas, con una geometría perfecta que solo la naturaleza es capaz de crear. A través de las escasas ventanas abiertas, los pocos transeúntes que pululaban por las calles podían oler el aroma del café recién molido y escuchar las risas de los niños celebrando los regalos que los Reyes Magos les habían traído en la noche más mágica del año.

Marina, una mujer cuyo cabello el invierno había plateado sin pedir permiso —del mismo modo en que la muerte prematura de su marido, seis meses atrás, se había instalado en su vida— caminaba por la avenida principal con un sobre arrugado en la mano.

Aquella ausencia había llegado sin previo aviso, apagándolo todo, robándole la ilusión, dejándola avanzar como podía, aprendiendo a vivir en un mundo que ya no era el mismo.

El sobre guardaba una carta dirigida a su yo del mañana, a ese instante que siempre llega demasiado tarde. La había escrito semanas antes, con la esperanza de que alguna versión futura de sí misma pudiera leerla y entender que los deseos no se cumplen a tiempo, que solo se cumplen cuando una aprende a aceptar su demora.

Marina no estaba sola en ese paseo tan exento de compañías multitudinarias. A su lado, su hijo Leo se entretenía mirando los escaparates con ojos tan grandes que parecían tragarse la ciudad entera. Para Leo era su sexto día de Reyes y continuaba creyendo que el mundo estaba hecho de regalos envueltos en papeles brillantes y promesas susurradas por la magia de sus ojos. Todavía no sabía que la espera era un regalo mucho más complejo que cualquier juguete de plástico o muñeco de trapo.

Leo caminaba a su lado arrastrando el tren de madera que le había regalado su abuela, dejándolo rodar sobre las baldosas como si aún no quisiera soltar la noche.
—La abuela dijo que era para ir despacio —comentó sin mirarla.
Marina redujo el paso y le apretó la mano, aceptando ese ritmo como quien acepta una forma nueva de avanzar.

Marina, Leo y el tren avanzaban despacio, deteniéndose a ratos, como si necesitaran aprender el camino. Leo hacía rodar el tren con cuidado, atento a cada baldosa, a cada pequeña irregularidad del suelo.

Marina levantó la vista y se detuvo. Frente a ellos, una librería se abría como un paréntesis en la mañana, con los cristales empañados y los libros esperando detrás del escaparate, los cuales reflejaban no solo la calle, sino también los posibles futuros de quienes pasaban.

Se detuvo sin saber muy bien por qué. Quizá fue el ritmo del tren. Quizá la quietud del lugar. Quizá la sensación de que allí el tiempo también sabía demorarse.

—El futuro siempre llega demasiado tarde —murmuró Marina, la frase tatuada en su memoria desde los días en que todo podía apresurarse. En el escaparate, un libro de poemas parecía inclinarse hacia ella, como si la ciudad misma le susurrara que debía entrar.

Al llegar, vio que la puerta de entrada estaba abierta y que colgaba un letrero que decía «Abierto». Sin dudarlo, empujó la puerta, y el tintineo de la campanilla colgada en el umbral fue un pequeño rayo de tiempo detenido. Dentro, el aire olía a papel húmedo y a tinta de hace siglos. Entre estantes que parecían tocar el techo, Marina encontró a un hombre de barba descuidada y ojos que contenían un océano de años. Era el librero, aunque más que un vendedor parecía un custodio de secretos.

—Buenos días —dijo Marina con voz temblorosa—. Busco algo que me enseñe a esperar.

El hombre sonrió con una tristeza antigua.
—¿Esperar? —preguntó, acariciando el lomo de un libro como si sintiera cada historia antes de abrirla—. El futuro siempre llega demasiado tarde. Esa es la primera lección. La segunda es aprender a vivir mientras llega.

Marina asintió, como si ya lo supiera, y decidió sentarse en un rincón donde la luz jugaba a filtrarse entre estantes. Abrió su carta y la leyó en voz baja:

"Si me lees, querida yo, sabrás que los sueños llegan tarde, que los amores llegan tarde, que incluso la verdad llega tarde, y aun así debemos esperar, porque cada retraso tiene su propio sentido, incluso si nunca lo entendemos del todo."

En ese momento, Leo, que se había quedado embobado mirando aquel mundo lleno de libros, arrastró su tren de juguete por los pasillos entre las estanterías.

Marina sonrió al contemplar la reacción de su hijo, pero su sonrisa era de nostalgia, no de satisfacción. El regalo era hermoso, un tren de madera que parecía moverse con la fuerza de los sueños, pero la verdad que había aprendido era otra: el futuro, incluso envuelto en papel brillante, siempre se queda un instante detrás, siempre llega cuando ya hemos cambiado la forma de esperarlo.

Después de salir de la librería, en la que Leo, tras insistir mucho, había conseguido que su madre le regalara un libro de cuentos, Marina decidió continuar caminando por la ciudad. Las luces de celebración de los Reyes Magos colgaban de los balcones como luciérnagas atrapadas, y en cada ventana había reflejos de esperanzas tardías.

Marina y Leo llegaron a la Plaza Mayor, donde el frío se había instalado. La fuente estaba cubierta de hielo, y los reflejos de la ciudad en el agua eran espejos que mostraban futuros que aún no existían. Como le gustaría que su hijo alguna vez descubriera que el agua fluye como los sueños: clara, libre y eterna.

Al pasar junto a un anciano sentado en un banco, que llevaba un sombrero de ala ancha y sujetaba un bastón que parecía tener raíces:
—¿Buscas algo? —preguntó con voz suave.

Marina se sobresaltó:
—Busco el momento —respondió—. El instante en que todo lo que deseo llegue.

—Ese instante ya pasó —dijo el anciano—. El futuro siempre llega demasiado tarde. Pero mira a tu alrededor: cada risa, cada abrazo, cada regalo tardío también es un instante. No es el que pediste, pero es el que tienes. Aprende a verlo.

Marina comprendió entonces que la espera no era un castigo, sino un tejido donde cada hilo tardío formaba parte de un tapiz más grande. Leo, ausente del momento entre el anciano y su madre, levantó su tren de madera y comenzó a imaginar viajes que jamás llegarían a tiempo, pero que eran hermosos porque los estaba creando él mismo, en su presente.

De regreso a casa, Marina se detuvo frente a un espejo. Vio su propio reflejo y el de su carta, y entendió que el tiempo no era un enemigo sino un aliado que enseñaba paciencia. El futuro seguía llegando demasiado tarde, pero eso ya no le importaba. Cada instante presente era suficiente, aunque llegara tarde para los deseos antiguos.

Mientras Leo dormía junto a su tren, tranquilo, ajeno a los pensamientos de su madre, Marina dejó la carta sobre la mesa. Mañana podría leerla otra vez, y quizás otra versión de ella misma también. La ciudad, tranquila bajo los últimos resplandores de las luces del día de los Reyes Magos, parecía respirar un ritmo pausado, un compás donde el tiempo llegaba tarde, sí, pero siempre llegaba.

Cuando los Reyes Magos se alejaron de la ciudad, dejaron tras de sí una estela invisible, un rastro de luz que atravesaba calles, tejados y recuerdos. No habían traído promesas exactas ni tiempos puntuales, pero sí algo más profundo: un rastro de asombro y paciencia, de deseos que habían llegado tarde y, aun así, habían dejado su marca en las vidas de quienes supieron esperar.

El futuro siempre llega demasiado tarde. No siempre aparece cuando lo esperamos, y aun así, a veces basta con mirar la estela que queda para sentir que algo bueno pasó.

Final

Derechos de autor: Berta Martín de la Parte.

Saludos para todos y continuemos siendo felices. 



viernes, 28 de noviembre de 2025

Café con canela y un viaje sin mapa

Imagen creada con IA
© Berta Martín de la Parte


 

" Café con canela y un viaje sin mapa "



NACE LA SEXALESCENCIA; HOMBRES  Y MUJERES NACIDOS EN ANOS 50 y 60; 
SIN PLANES DE ENVEJECER:



Elena se puso sus lentes de sol, los grandes, esos que le daban un aire a Sofia Loren. 


A sus 67 anos, se había reencontrado con su reflejo y le gustaba lo que veía.


Caminaba con paso firme por la rambla de su ciudad costera, con el mismo swing con el que había entrado a la universidad, con 54 años, para estudiar Psicología porque “ ya no le debía nada a nadie “.


  • Llegas tarde- dijo ella sin mirar el reloj.

  • Llego a tiempo para el café- respondió Raúl, que apareció con su típica camisa de lino abierta dos botones más de lo socialmente aceptable. Tenía 70, aunque decía que esa cifra era solo un trámite.

Ambos se conocieron en un taller de escritura creativa organizado por la biblioteca pública de la ciudad. 

Él llego con un poema en la mano y un mate bajo el brazo.

Ella , con un cuento corto sobre la libertad después de los sesenta. 


Se cayeron bien desde la primera carcajada compartida. Tenían los mismos anhelos, los mismos sueños , las mismas ilusiones, el mismo interés por continuar descubriendo el mundo.


  • Hoy estás más luminosa que ayer- le dijo él, ambos sentados en la terraza del café . 

  • Será que ayer llovía- respondió ella, dejando que la brisa del mar le revolviera el cabello. Siempre le había gustado que las frases tuvieran doble fondo.

Raúl no era de los que hablaban de achaques ni de pensiones. Había sido músico en su juventud y ahora, con más tiempo y menos presiones, tocaba el saxofón en una banda de jazz que ensayaba los viernes por la tarde y, se presentaban ocasionalmente ante el público en celebraciones como bodas o bautizos. Se resistía a la idea de jubilar su pasión. 

Elena lo admiraba por eso. Ella tampoco pensaba en “ retirarse”; escribía artículos para 

revistas digitales sobre envejecimiento activo, daba charlas en centros culturales, y cada tanto se lanzaba sola a algún viaje corto, con mochila, libre y una lista de cosas por descubrir.


  • ¿Te conté que me inscribí en un curso de fotografía digital?- preguntó ella, revolviendo su café con canela. 

  • ¿Y yo te dije que estoy aprendiendo francés por una app que me reta cuando no practico?- contestó él con una sonrisa en los labios. 

  • Ay, Raúl, si hace diez años me hubieras dicho que a los 67 iba a estar sacando selfies artísticos y planeando irme sola a Islandia, te juro que me hubiera reído en tu cara. 

  • Y si a mí me hubieran dicho que iba a tener un canal de YouTube con mis nietos en el que hablamos de música de los 70 y videojuegos actuales, los habría internado a todos. 

Rieron como lo hacen quienes saben que la vida se está cocinando ahora mismo, no en algún recuerdo, ni en un plan para “ cuando se pueda”.

  • La mayoría de la gente cree que después de cierta edad uno empieza a desaparecer, ¿no?- dijo Elena bebiendo con un sorbo corto el café.

  • Sí, pero nosotros somos más como manchas de vino tinto sobre mantel blanco: imposibles de ignorar- respondió Raúl, guiñándole un ojo.


A su alrededor, el mundo seguía en su ritmo. Jóvenes con auriculares, turistas con cámaras, familias con niños gritando. Ellos eran parte de ese paisaje, no como nota al pie de página, sino como protagonistas. 

Porque a diferencia de lo que dictaba la vieja narrativa, la sexalescencia- como se llamaban entre ellos y sus nuevos amigos- era una edad de estrenos. 


  • ¿ Y si organizamos un viaje sin mapa?- propuso ella de pronto.

  • ¿ Cómo así?

  • Elegimos una fecha, sacamos dos pasajes, y cuando llegamos al aeropuerto decidimos a donde vamos. Nada de itinerarios, nada de reservas. Como cuando teníamos veinte y creíamos que el mundo nos debía una aventura. 


Raúl la miró como si ella acabara de darle la mejor idea del año. 


  • Elena, contigo es imposible no enamorarse un poquito cada día.

  • Raúl. contigo es imposible aburrirse. Pero tranquilo, enamorarse no es obligatorio, solo vivir con ganas.

Pagaron el café. Se pusieron sus mochilas livianas- con más anécdotas que ropa- y caminaron sin prisa. Eran los nuevos “ adolescentes de la experiencia” , como decía Elena en una de sus columnas más leídas.

Y mientras el sol descendía  dejando estelas de arco iris, ella sacó una foto del mar.


  • Para el Instagram- dijo-. Con el hashtag #SexalescentesEnRuta.



Raúl levantó el pulgar.👍 Porque sí, se puede tener setenta y seguir diciendo que la vida apenas comienza.


Final.


Saludos para tod@s y continuemos siendo felices. 

Derechos de autor : © Berta Martín de la Parte



viernes, 7 de noviembre de 2025

La chispa.

 

Imagen creada con IA
ⓒ Berta Martín de la Parte

La chispa.

Volvió a la casa una tarde de octubre, cuando el aire olía a madera húmeda y hojas podridas.
Hacía años que no cruzaba ese umbral. La pintura seguía resquebrajada en las mismas esquinas, y el reloj de pared —aquel que siempre marcaba el paso del tiempo como si fuera una respiración cansada— seguía colgado, tercamente vivo.

Él la recibió en la puerta con una sonrisa torpe, un gesto aprendido de quien no sabe muy bien qué decir. Había envejecido: los hombros más estrechos, la piel translúcida, la voz quebrada como una rama seca. Aun así, en su mirada había algo parecido a la esperanza, una chispa pequeña que se negaba a apagarse.

  • Qué bien te veo, hija —dijo, mientras la abrazaba sin fuerza.

  • Ella asintió, sintiendo cómo el olor a tabaco viejo y soledad se le metía en el pecho. Tú también estás bien, papá —mintió con suavidad.

La mesa estaba puesta con esmero, como si cada plato buscara redimir años de ausencias.
Comieron lentamente, tropezando en conversaciones tímidas: el jardín, el tiempo, el vecino que ya no vive allí.
Había una extraña serenidad, una tregua frágil sostenida por la nostalgia.

Por momentos, Clara se sorprendía pensando que tal vez las heridas del pasado se habían cerrado solas, como esas grietas en las paredes que el tiempo disimula con polvo.
Tal vez, pensó, el amor sí puede volver a encontrar su forma, aunque esté lleno de costuras invisibles.

Pero el pasado no se borra, sólo se adormece.
Y basta una palabra, una imagen, 

una memoria que se escapa sin permiso, para que despierte.

  • El otro día pasé por mi antiguo colegio —dijo ella, sin pensar demasiado—. Todavía me acuerdo del día que no fuiste a recogerme. Me quedé esperando hasta que anocheció.

No hubo reproche en su voz, ni sombra de acusación.
Era un recuerdo como tantos, un trozo de infancia que asomó a la conversación buscando aire.

Pero en el gesto de su padre algo cambió.
Una rigidez mínima, casi imperceptible, le endureció la mirada. El silencio cayó sobre la mesa como una manta pesada.

  • ¿Todavía estás con eso? —preguntó él, sin mirarla.
    Ella titubeó.

  • No, no es eso… sólo lo recordé, nada más.

Él soltó una risa seca, sin humor.

  • Siempre lo mismo, Clara. Siempre buscando motivos para juzgarme. 

  • Papá, no te estoy juzgando.

  • Claro que sí. Igual que tu madre. Ustedes nunca pudieron ver más allá de mis errores.

El aire se volvió espeso.
El reloj marcaba cada segundo con crueldad, como si midiera el pulso de la distancia entre ambos.
Clara bajó la mirada hacia su plato intacto. Sintió una punzada antigua, esa mezcla de miedo y tristeza que conocía desde niña, cuando él levantaba la voz y ella aprendía a callar.

No quería discutir.
Había venido buscando algo distinto, un pequeño gesto de ternura, un puente sobre las ruinas.
Pero la chispa ya había saltado, y el fuego del rencor se extendía sin control.

  • ¿Sabes qué, papá? —dijo al fin, con una voz serena que apenas ocultaba el temblor—. Tal vez nunca entendiste que no buscaba culparte. Solo quería que dijeras “lo siento”. Una vez. Solo eso.

Él levantó la vista, sorprendido.  Durante un instante, el brillo de sus ojos se quebró, como si algo dentro de él se ablandara. Pero enseguida se recompuso, endureciendo el gesto, refugiándose en su orgullo como en un abrigo demasiado viejo.

  • No tengo nada de qué disculparme —murmuró. Y volvió a clavar el cuchillo en el trozo de carne, como si cada corte fuera una defensa.

El silencio se alargó, pesado, inmenso.
Clara miró el mantel, el vaso, la ventana. Todo parecía lejano, como si estuviera viendo una escena que ya había ocurrido muchas veces.

Comprendió entonces que hay heridas que no cicatrizan porque nadie se atreve a tocarlas.

Que el perdón, cuando no encuentra dónde posarse, se convierte en piedra.

Terminó su vino despacio.
Él siguió hablando, sin decir nada.
Palabras huecas, lugares comunes, frases que flotaban sin destino.
Y ella sonreía por cortesía, mientras algo en su interior se apagaba, definitivamente.

Cuando se despidieron, la tarde ya moría.  Él la acompañó hasta la puerta y la abrazó brevemente, como si ese gesto bastara para borrar el eco de lo dicho. Clara le devolvió el abrazo, sintiendo que en ese contacto se mezclaban el amor, la impotencia y una ternura dolida.

  • Cuídate, papá.

  • Tú también, hija.

Cerró la puerta despacio.
El reloj seguía marcando su tic-tac paciente, indiferente al peso de los años y de las palabras no dichas.

Mientras caminaba hacia su coche, Clara sintió que la noche le caía encima con suavidad.
Miró hacia la ventana iluminada y, por un momento, creyó ver su sombra, sola, inmóvil, frente a la mesa vacía.
Pensó que tal vez ambos estaban hechos del mismo material: amor sin cauce, orgullo sin remedio, silencio acumulado.

Y comprendió, finalmente, que no hay explosiones sin fuego previo.
Que la chispa no nace del azar, sino de todo lo que se guardó demasiado tiempo.

Se subió al coche, encendió el motor, y dejó que el ruido del camino ahogara el resto de los pensamientos.

El reloj, allá dentro, seguiría marcando el tiempo.
Ella, afuera, comenzaba al fin a dejarlo pasar.


Final

Nota del autor: - La chispa es un relato que explora la fragilidad de los lazos familiares y la persistencia del rencor oculto tras años de silencio. A través del reencuentro entre un padre y su hija, con el texto intento revelar cómo una conversación aparentemente trivial puede desenterrar antiguas heridas y poner al descubierto lo que nunca se dijo.

Derechos de autor: © Berta Martín de la Parte.



miércoles, 22 de octubre de 2025

El relámpago y la pila de los 1.320

 

Imagen creada con IA
© Berta Martín de la Parte


- El relámpago y la pila de los 1.320-

Dicen que la literatura es una llama, pero nadie advierte que el fuego también cansa.


En una sala de aire denso —esa mezcla de café recalentado y desesperanza burocrática— cinco jurados miran el abismo de 1.320 ficciones apiladas frente a ellos. Son montañas de papel que apenas respiran; cordilleras donde cada hoja quiere ser cima, cada palabra busca su milagro de eternidad. Pero el milagro tiene horario de oficina.

Los jurados se miran. Se han vuelto transparentes por dentro, como si la lectura hubiera disuelto lentamente sus órganos, dejándoles solo un leve zumbido en las sienes. Han leído tanto que ya no recuerdan si la historia de la niña en bicicleta fue del manuscrito 437 o del 912. Todo empieza a mezclarse: la abuela que muere, el hombre que sueña con peces, el gato que filosofa sobre la soledad. Las ficciones se contaminan entre sí, como si todas hubieran nacido del mismo bostezo universal.

Y, sin embargo, algo los mantiene ahí.

Quizás el miedo al error. O el deseo, casi supersticioso, de hallar una frase que justifique la existencia de todas las demás.

Cada manuscrito tiene un nombre secreto, un seudónimo: “Rapsodia de la Niebla”, “El rumor de los trenes”, “Piel de horizonte”. Los jurados se ríen suavemente al leerlos; algunos huelen a perfume gastado, otros a pretensión recién planchada. Pero entre el montón, a veces, una página brilla con la obstinación del polvo al sol.

Y entonces alguien dice:
—Este tiene algo.
Esa frase basta para levantar sospechas, simpatías, alianzas. “Algo”: la palabra más peligrosa del idioma crítico.

En el manuscrito 678 hay un niño que roba cerezas. En el 1049, un dios que se hace mendigo. En el 213, un perro que recuerda sus vidas pasadas. Pero el jurado empieza a olvidar los argumentos. Lo que buscan ya no es historia, sino respiro: una cadencia, un sobresalto, un gesto que parezca sincero aunque esté calculado.

La presidenta del jurado, una poeta que una vez ganó este mismo certamen, cierra los ojos. Su mente se llena de metáforas muertas: “el silencio que florece”, “la luna herida de invierno”, “las alas del alma”.
Suspira.
—Tanta gente escribiendo para ser escuchada —dice— y tan pocos que saben callar dentro de una frase.

El jurado asiente con un murmullo de culpabilidad.
Fuera, la tarde se arruga en el vidrio.
Dentro, el tiempo se detiene.

Al cabo de días —o siglos, porque en estos certámenes el reloj se curva como un gato al sol—, quedan solo diez finalistas. Diez elegidos entre 1.320. Una decantación de esfuerzo y olvido. Cada texto tiene su defensor, su enemigo, su crítico condescendiente. La lectura se vuelve política: no de ideas, sino de equilibrios. Uno cede aquí, otro concede allá. Como si la belleza necesitara un pacto para ser reconocida.

Alguien propone votar.
Alguien más pide releer.
Y el tercero sugiere un descanso, porque la belleza, cuando se repite, también abruma.

En el descanso, uno de los jurados hojea los descartados. Lo hace por instinto o por remordimiento. En el manuscrito 1128 encuentra una historia breve, apenas diez páginas, escrita con una torpeza que roza la pureza. Una niña describe cómo su madre, analfabeta, le enseñó a leer con los envases del supermercado. No hay giros brillantes ni metáforas infladas, solo una voz que tiembla al nombrar lo cotidiano.
El jurado se queda quieto, como si un insecto de luz se le hubiera posado en el pecho.
Pero no dice nada.
El tiempo del jurado no pertenece a la inocencia, sino a la administración del asombro.

Cuando vuelven al debate, la presidenta levanta el manuscrito 973: “El relámpago y la orilla”. Todos asienten con un alivio casi físico.

Sí, ese tiene algo.
No saben bien qué, pero tiene el brillo correcto, la extensión adecuada, la ambición justa. Además, su autor —revelado tras la votación— pertenece a una editorial menor, lo cual aporta el sabor de la justicia poética.
La decisión se toma.
El relámpago ha caído.

Y, como todo relámpago, apenas dura un instante.
El resto —las 1.319 ficciones— se apaga en silencio.

Días después, el fallo se anuncia en un teatro de provincia. Hay flores, flashes, aplausos. El ganador, con traje demasiado nuevo, balbucea un discurso sobre la humildad del arte y el poder de las palabras. Los jurados lo escuchan desde la penumbra de la primera fila. Ninguno recuerda exactamente por qué lo eligieron.
Solo saben que, entre tanto ruido de ficciones, en algún momento algo pareció brillar, y eso bastó para decidir.

Luego vuelven a sus casas con la sensación de haber cometido una pequeña traición necesaria.
Quizás eligieron bien.
Quizás eligieron el texto más hábil, o el más dócil, o el más parecido a lo que esperaban encontrar.
Quizás —piensan en secreto— el verdadero ganador sigue escondido en una caja, respirando entre papeles rechazados.

En la noche, uno de ellos sueña con esa pila interminable de manuscritos. Cada hoja se mueve como un pecho que exhala. De las palabras brotan manos, ojos, latidos.
Las historias no aceptan el veredicto; se reagrupan, se susurran entre sí, se consuelan.

“Nos leyeron”, se dicen.
Y eso, de algún modo, ya es una victoria.

Porque al final, ningún jurado juzga la literatura.
Solo intenta justificar su propia fe: la de que, entre mil trescientas veinte voces, aún existe una capaz de salvarnos del silencio.
Y esa fe —ciega, fatigada, humana— es el verdadero premio.

Fin

Derechos de autor: © Berta Martín de la Parte

Saludos para tod@s y continuemos siendo felices.



El futuro siempre llega demasiado tarde.

  Imagen creada con IA. @ Berta Martín de la Parte. El futuro siempre llega demasiado tarde El astro sol se había despertado con lentitud so...